Tiempo de correspondencia en Madrid

Los autores de Tiempo de correspondencia, Xesús Fraga y Xerardo Quintiá, siguiendo el modelo epistolar de su obra, comparten una carta con los asistentes como cierre de la presentación de su libro. Las dos misivas que se reproducen a continuación pertenecen a la presentación del 12 de septiembre de 2026, que tuvo lugar en el festival Back to the Book y en la que estuvieron acompañados por la escritora y editora Alba Carballal.

Estimado Xesús:

Acabo de hacer el check-in en el hotel Las Islas. Hoy me ha tocado la habitación Atanagildo, en la primera planta, la número 107. Atardece, y la marea baja arrastra el agua hasta casi el puente de Rande. Y el caminito de tierra amarilla, que siempre está bordeando la ría, ahora desahuciada, se pierde en algo que quiere ser un bosque y solo tiene eucaliptos.

En apenas unos días nos veremos en Madrid. Me gusta pensar que Tiempo de correspondencia nos ha acercado hasta estas latitudes y que sus cartas —porque ahora las cartas le pertenecen más al propio libro que a nosotros mismos— han cruzado esa frontera tan hermosa y necesaria, y a veces tan terrible, que es el idioma.

Volver a hablar del libro, después de casi un año desde que entregamos el original para su edición en gallego, me hace pensar que aquella Sombra Negra de la que surgió ha terminado convirtiéndose en una suerte de aliada, en una especie de Sombra Amiga.

A lo largo de estas cartas hablamos muchas veces de música, pero nunca nombramos a un grupo gallego. Y haberlos, hailos. Creo que hoy es el momento para hacerlo. Y no se me ocurre ninguno más apropiado que aquel que cantaba «en Orense suena el rock por todos los rincones». Me refiero a Los Suaves, y a su canción «Los mártires del rock and roll». Y al estribillo de esa canción —tan pegadizo y tan apropiado para este momento— que decía: «¡A Madrid vamos buscando sueños! ¡A Madrid! Héroes a quien seguir…».

Al final, resulta que los sueños están aquí. Y son sencillos. Y quizá precisamente porque están aquí y son sencillos, son hermosos: un editor nuevo en nuestras vidas; alguna lectora despistada que, al oír la palabra «cartas», salga por un momento de su despiste y se entusiasme; y el libro, naturalmente: este libro que, casi sin que nos diésemos cuenta, se fue escribiendo un poco a sí mismo, sin que nosotros quisiéramos escribirlo.

Tal vez todo sueño necesite un contrapeso a su parte más álgida y elevada, y a este le convendría, finalmente, unas terrazas y unas cañas y brindar. Y quedarnos ahí un rato, después del brindis, conscientes de que no somos héroes y de que, afortunadamente, nadie nos sigue.

No quiero despedirme sin dejar en esta carta un dato de un enorme interés literario, de una transcendencia casi cunqueiriana: el colchón de la habitación Atanagildo es de la marca: AZORÓN descansa.

Nos leemos en la próxima.

Abrazos.

Xerardo

Querido Xerardo:

¡Qué alegría verte en Madrid! Quién nos iba a decir, en aquellos inviernos borrascosos de Fornelos y Betanzos, que nuestras cartas iban a viajar más allá de sus destinos. Y nosotros con ellas. Para que puedan viajar, como sabes bien, hace falta un buen servicio postal, y en toda la gente linda que ha trabajado para que sea posible y en la que nos acompaña aquí esta mañana no podríamos haber encontrado correo mejor.

Hablando de viajes. Esta semana he regresado de un trayecto breve en el tiempo pero largo en la distancia. También ha sido largo en esa otra escala sin números pero cuya medida siempre nos acompaña, como la cinta métrica en el bolsillo del albañil o el carpintero. Me refiero a la escala emocional. Crucé el Atlántico para pisar la Bienal do Livro de São Paulo. Me encontré con anfitriones modélicos, la mejor de las compañías literarias, una red de complicidades y afectos… Me encontré también con personas que viven entre países y lenguas, entre las identidades que les adjudican los corsés burocráticos, pero que, más allá de esos límites impuestos por la oficialidad, llevan consigo la irrenunciable condición humana. Viajes así me sirven para reconfirmar lo que sé que soy sin realmente saberlo: que nunca dejaré de ser un emigrante o inmigrante (caras inseparables de la misma moneda), seguramente de mí mismo.

Me encontré también, y sin esperarlo, con la Negra Sombra. No ataviada con su armadura y su ejército invisible presto al asalto, sino bajo una apariencia de neutralidad, benévola, incluso: hablo del poema de Rosalía de Castro y la música de Xoán Montes. Odiseo quiso escuchar el canto de las sirenas: no me parece improbable que lo que oyese fuese precisamente eso, Negra Sombra. O algo parecido. Quizá en eso consiste todo: ya que no podemos matar el dolor, tratamos de transformarlo en otra cosa. Algo hermoso, pero también terrible. Una cláusula de nuestro pacto de no agresión.

Anyway. En eso pensaba mientras escuchaba la voz de Rosalía en la voz de Sheila Blanco, quien en São Paulo cantó a las poetas del 27 e incluyó una Negra Sombra en cuatro de los idiomas que se hablan en esta península. Pese a la distancia en kilómetros, la distancia temporal quedó en suspenso. Porque ese gallego rosaliano no era tan distinto del brasileiro que bullía en la ciudad. De hecho, no era nada distinto de la lengua en la que cantaban nuestros poetas medievales, aunque muchos no lo supiesen. ¿Acabará el gallego así, como una lengua muerta que legó al mundo el regalo de sus palabras? No lo sé. Lo que sí sé es que ni tú ni yo lo veremos, porque Álvaro Cunqueiro le ganó para el gallego mil primaveras más. Soy de letras, pero si falleció en 1981 (el día de mi cumpleaños, por cierto), las cuentas están claras. Mientras, sigamos escribiendo cartas. Con suerte, alguien nos leerá. Y entre tanto, nos leeremos nosotros, que no es poco.

Un abrazo, amigo.

Xesús

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Sobre la escritura de Tiempo de correspondencia, por Xerardo Quintiá