Empecé a escribir la primera carta de Tiempo de correspondencia por un deseo de comunicación con Xesús, después de una conversación que había quedado interrumpida tras habernos tomado unos vinos en Betanzos; pero también por una necesidad de afrontar el propio acto de la escritura sin que, más allá de esa mera comunicación, existiese ningún proyecto literario. Es decir, pretendía escribir sin que ello implicase pensar en un libro ni en una publicación. Solo eran palabras dirigidas a una persona concreta y que, a priori, no alcanzarían ninguna otra trascendencia.
Pero el peso de la literatura se hizo demasiado evidente. Las referencias a libros, películas y grupos de música, junto con el hecho de que tanto Xesús como yo nos nutrimos de la infancia y de sus fuentes inagotables —tanto en estas cartas como en nuestras respectivas obras— terminaron haciendo que las cartas de Tiempo de correspondencia cobrasen un sentido propio y que, por sí mismas, sin que nos diésemos cuenta, estableciesen una relación con determinados aspectos de nuestras obras. Sin querer, el libro se estaba escribiendo solo. Se hizo sin pensarlo como tal y se terminó en el momento exacto en que continuarlo podría haber implicado una intención literaria que nunca había tenido.
Nunca he sentido especial interés por releer los libros que ya he publicado. Considero, de algún modo, que ya no me pertenecen y me siento extraño entre sus páginas. Sin embargo, con Tiempo de correspondencia, creo que, dentro de unos años, me gustará volver a leer estas cartas. En ellas hay algo de inocencia, como cuando abordas tu primera obra y no sabes —todavía no sabes— adónde quieres llegar ni si realmente serás capaz de hacerlo.
Xerardo Quintiá es poeta y narrador, y coautor de Tiempo de correspondencia.