Xerardo me llamó un día de invierno: iba a pasar por Betanzos y, si tenía tiempo, podíamos tomar un café. Yo estaba de baja y tenía todo el tiempo del mundo. Di por hecho que la visita de Xerardo era por trabajo (es viajante). Cuando nos sentamos nos sorprendió saber que ambos estábamos de baja. Y nos sorprendió más aún saber que ambos compartíamos diagnóstico: un cuadro de ansiedad y depresión. Charlamos y luego él se marchó en dirección a Lugo. Nos dimos un abrazo.
Unos días más tarde, me llegó un correo de Xerardo. Solo traía adjunto un documento de Word; en el asunto, una única palabra: «Anímaste?». El Word era una carta. Una carta como las que, hasta no hace mucho, eran una de nuestras vías habituales de comunicación. Había en ella expresividad, complicidad, un genuino interés por compartir y por recibir. Una carta como las de antes y que rara vez se encuentra uno en el buzón; casi nunca.
Me animé, claro. Y así comenzó un intercambio que se prolongó durante casi año y medio, a intervalos irregulares. Como antes, cada carta suponía un pequeño acontecimiento. Como antes, sus palabras traían noticias, contaban historias, desentrañaban sentimientos, evocaban recuerdos. Todo eso que no parece tener cabida en los correos de hoy, mucho menos en los mensajes enviados por teléfono. ¿Por qué? Un email bien podría ser una carta. Pero pocas veces lo es. ¿Por qué? Más allá de las consabidas justificaciones —tiempo, espacio—, se podría deducir que no hay cuestiones interesantes que contar. Qué pesimista, ¿verdad? O que cada vez hay menos curiosidad —o cortesía— por escuchar a los demás. Más pesimista todavía.
Desde su título, Tiempo de correspondencia, el libro que reúne las cartas anuncia una necesidad de hablar y de ser escuchado. Es una necesidad que, por mucho que cambien los tiempos, permanece. Que se reduzcan las formas para conducir ese intercambio quizá tenga que ver con nuestras neurosis contemporáneas. Quién sabe. Corresponder va más allá de una simple comunicación o interacción. Es un concepto menos estático, más flexible, que permite ese pequeño milagro que es emitir y recibir a la vez en tiempos donde el conmutador de la transmisión está atascado en la primera de las posiciones. Si fuese una conversación cara a cara, sería uno de esos paseos donde dos hablan y caminan, y ese hablar y ese caminar forman parte de una misma acción solidaria. Estas cartas fueron un apoyo mutuo. Y, al final, tras cruzarse entre Betanzos y Lugo, se han encontrado en las páginas de este libro, que, podríamos decir, casi se fue escribiendo solo. Otro pequeño milagro que atribuir a la correspondencia.
Xesús Fraga es periodista y escritor, Premio Nacional de Narrativa, y coautor de Tiempo de correspondencia.