Sobre la escritura de Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer. Por Fran Ruiz
¿Cómo desaparecer? ¿Cómo disolverse en el flujo incesante del mundo? El protagonista de Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer deja su trabajo de teleoperador en una compañía de seguros, rompe con su novia, borra su perfil de las redes sociales. ¿Qué es lo que busca realmente?
Tomarse un descanso, aligerarse de sí mismo, contemplar. Del latín contemplari: prefijo con (junto o por completo) y el sustantivo templum (un espacio sagrado o delimitado entre el cielo y la tierra). En su sentido original, contemplar era fijar la vista, observar atentamente cualquier signo que nos pudiera guiar en un espacio sagrado reservado a la adivinación.
Y, en cierto modo, eso es lo que hace nuestro anónimo protagonista: callejear por una Barcelona que ya no reconoce, mirar, empaparse de impresiones fortuitas, registrar todas las señales que se le van apareciendo como indicios de otras vidas, otras posibilidades, en ese espacio sagrado que es el mundo.
Nuestro modelo económico está edificado enteramente sobre la expectativa del crecimiento e incluso nos valoramos nosotros mismos en términos de productividad, rendimiento, eficiencia. El ansioso lenguaje de la economía permea todos los ámbitos de la actividad humana y nos impulsa hacia adelante, siempre hacia adelante: producir, crear, añadir, crecer. Yo quería (necesitaba) adentrarme en la inactividad: que no es un simple no hacer nada, sino una vía hacia la ensoñación, el asombro y el conocimiento. También hacia algo que podríamos llamar una alegría serena e indulgente.
Paradoja: el acto mismo de escribir una novela impone unos patrones de producción en los que uno se ve forzado a cumplir con unos propósitos y desplegar sus propias habilidades creativas. Como autor, quería sentirme más bien ocioso, distraído; mi intención era escribir como quien pasea por su propia escritura sin saber muy bien hacia dónde va.
Para que la cosa funcionara, también mi personaje debía estar medio borroso. Debía ser alguien sin ninguna gran historia que contar, alguien que intentase simplemente recuperar sus propias facultades receptivas: las de la contemplación, la lentitud, la demora. Así, mientras dejaba que el personaje perdiera el tiempo y me lo hiciera perder a mí, iba ejercitándome en ese estado casi de meditación.
El resultado: una novela que no acaba de ser una novela, una narración que flota, pero casi no avanza, una colección de fragmentos y anotaciones sueltas que funcionan más bien como el esbozo de esa novela que no llegó a ser.
Esbozo, trazos, apuntes: todo está ahí, en esa sucesión de gestos, hechos triviales, conversaciones, ideas pilladas al vuelo.
¿Cómo desaparecer? Hay mil maneras, sin duda. Solo puedo confesar que he desaparecido mientras escribía, y que escribir como quien no sabe hacia dónde va es una forma segura de perderse, sí, pero también de descubrir nuevas rutas y nuevos parajes.
Fran Ruiz es escritor, autor de Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer.